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Hay máscaras que unen la Guadalajara de Castilla con la Miranda de Portugal (y aquí puedes verlo)
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Augusto González / Ideas para Viajar  -    Actualizado 23 febrero 2018 20:03


A un español le das un idioma y te monta una república. A un portugués, como ya la tiene, si le das el mirandés, te habla en su lhéngua y no te aturde con filosofías. O sea, que vive y deja vivir. Eso se puede comprobar cualquier día en Miranda do Douro y su comarca. E incluso durante el fin de semana, cuando se escucha por sus calles, bares y comercios tanto español como mirandés o portugués. 

El mirandés está orgulloso de sus tradiciones, que te asaltan suavemente desde el bronce de las estatuas a los anaqueles de sus museos. La bandera ondea donde debe y a la que te descuidas te reciben con un certamen folclórico para que compruebes que la Península Ibérica es una sola desde el Neolítico para acá.

Para el castellano, ver bailar en las rúas al ritmo propio de la jota pero con gaita o, sobre todo, deleitarse con las diversas variantes de paloteos que por aquí practican hasta los más pequeños sólo puede ser superado por la sorpresa de certificar que las máscaras de las botargas de Guadalajara se parecen como gemelos separados al nacer a las de los personajes carnavalescos transmontanos.

El viajero, si habla poco y se fija mucho, puede tener la suerte de toparse con Carlos Ferreira, un prolífico artesano local que tiene en su haber medio millar de creaciones y una facilidad para la simpatía y para los idiomas que se agradece. Ama lo que hace y lo que hace se lo recompensa con la admiración de quienes pueden conocer sus trabajos.

Aman los mirandeses su tierra a pesar de lo ingrata que a veces resulta. O quizá por eso, que los humanos con carácter se crecen ante la adversidad hasta casi no saber vivir sin esfuerzo.

Al que se acerque por aquí, para entender un poco más el ser mirandés y apreciarlo como debe, le sugeriría que se asomase al Duero por uno de los miradoiros más escarpados, el de São João das Arribas. Allí se quedará impresionado por el río, por el castro, por la solitaria ermita y por lo escarpado del paisaje... pero si aún le queda sensibilidad hacia sus congéneres, apreciará aún más el infinito trabajo que supuso para los campesinos de estas aldeas preparar los bancales para el centeno y trabajarlos. Durante generaciones dieron fruto, comunal o particular. Hace casi medio siglo que yacen abandonados y son, en sí mismos, un monumento al esfuerzo del hombre.

El mirandés no habría sobrevivido sin las bestias, como el famoso burro de Miranda, hermoso de alzada y pelaje pero que estuvo a punto de desaparecer no hace tanto. También son de agradecer las razas autóctonas en el ganado ovino y vacuno, que junto con el porcino alegran el paladar en cualquier mesa a la que te sientes armado de cuchillo y tenedor. Los fumeiros (ahumados) son no sólo impresionantes, sino imprescindibles. El que sea amigo de lo bueno y de lo mejor, que prepare 30 euros y los pague por un kilo de salpicão Mirandês, que es el más exquisito lomo, por estar elaborado con el solomillo del cerdo. Indescriptible.

Así las cosas, uno entiende mejor que las salas del Museo de la Tierra de Miranda sean tan agradables de recorrer, porque tienen más vida en ellas que muchas calles de muchas ciudades. Ahí está la lareira, igual que se recupera el provisional chozo del pastor e intentas repetir con guía los pasos de un baile tradicional. Como no lo consigues, admites que no eres de este mundo hasta que reparas en la botella de anís ¡Castellana!!! que comparte vitrina con otros instrumentos tradicionales.

Al final va a resultar que sí eres de este mundo, que la raia no es frontera, que raianos somos todos y que Miranda do Douro esta llena de evocaciones que te recuerdan a ti tanto como a quienes aquí nacieron.

Un placer de habernos (re)conocido.
 
 
 

Para saber más de Miranda do Douro...

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