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Echternach, donde la historia se camina
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Augusto González para La Crónic@ e Ideas para Viajar  -    Actualizado 8 julio 2018 22:43


Habrá pocos lugares de Europa donde los caminos y la historia estén tan entrelazados como aquí, en el norte de Luxemburgo. Tanto es así, que los amantes de las botas, los bastones y las caminatas harán historia de la Historia a cada paso y, una vez lleguen a este o a aquel promontorio, la entenderán mucho mejor, sólo con alzar la vista y contemplar el paisaje.

Echternach y, sobre todo, la cercana Mullerthal, a la que dedicaremos otro reportaje, son parte principal de esta "pequeña Suiza" que hay que caminar con placer y oxigenando los pulmones, porque rutas para hacerlo sin pérdida y con disfrute garantizado las hay casi por decenas.

Algunos de estos caminos nacen a las orillas del Sauer, en la propia ciudad de Echternach. Presenta un caserío encantador que, con sus apenas 5.000 habitantes, se asoma a la naturaleza y a su pasado de un modo tan agradable que te sorprende. Un pueblo que es ciudad y que lo es, además, tan "de postal" no debería alojar demasiados secretos ni tener mucho que enseñarte para tu vida. Pero lo tiene y te lo regala.

Empeñados como estamos en deshacer Europa, hasta aquí bien podrían venir algunos de esos tan molestos líderes nacionalistas para recordar que los francos, los primeros en reconstruir el continente tras la caída de Roma, llegaron hasta estos contornos y aun más allá. El mismo Carlos Martel que detuvo a los moros en Poitiers, facilitó que su hijo Pipino El Breve y luego Carlomagno pusieran orden en esa amplia patria de la primera nación francesa. Mientras ellos resolvían sus asuntos y los de sus vasallos con leyes y armas, hasta Echternach llegaba un britano de Irlanda para unir lo terrenal y lo espiritual. Sus huesos aún reposan aquí, dentro de un hermosísimo sepulcro ante el que hay que detenerse sin prisa y en silencio. Debió ser un hombre excepcional este Willibord, que llegó a santo y cimentó sobre bases firmes lo que hoy vemos, incluso a pesar de nosotros mismos.

Es al inicio de uno de esos caminos senderistas, al ir a tomar aliento bajo la sombra de un árbol, cuando reparas en que por aquí la paz es un tesoro reciente y digno de protegerse. El propio itinerario esta dedicado a un jovencísimo mártir de la Resistencia luxemburguesa de 1942, frente a los alemanes. Levantas la vista y caes en la cuenta de que Alemania está ahí, al otro lado de la orilla del río Sauer, hoy tan plácido que no es fácil imaginar a soldados de la Werhmacht emboscados en la espesura, más o menos donde ahora se alzan chalets y se solazan los campistas. Gracias a otro pueblo luxemburgués llamado Schengen, en el extremo sur de este pequeño país, ya no hay pasaportes que enseñar ni aduanas que franquear. Por ahora.

En el pasado, hubo un tiempo en el que quienes mandaban tuvieron confianza en el futuro. Tanto es así, que a partir de san Willibord todo fue un incesante recopilar conocimiento y transmitirlo, mientras la Iglesia apacentaba su rebaño y las guerras pasaban por otros valles.

Ya no queda rastro de la enorme biblioteca, que se dispersó cuando los monjes tuvieron que buscar otros lugares, expulsados con la Revolución Francesa. Los benedictinos del siglo XVIII, ignorantes del destino que les esperaba, dejaron una imponente abadía, donde no se preparaban licores sino cerebros bien formados. Hoy sigue siendo instituto. Eso que salen ganando los chavales.

Si bordeas los edificios, podrás asomarte a la bucólica estampa de la Orangerie prerrevolucionaria, o deambular por el exterior de la basílica. Lo que es seguro es que tus pasos te llevarán a la Plaza del Mercado.

El viajero prudente elegirá la sombra de uno de los edificios, desde la que admirar el conjunto y admirarse del silencio. Ni siquiera rompen la paz esas dos niñas que chapotean en la fuente, bajo la mirada complacida de su madre. Aquí está, resumida y concretada, buena parte de la historia Occidental, pero sin aspavientos: el Ayuntamiento y el valor de las banderas; la libertad individual de los villanos ante el poder imperial; el comercio y la religión cristiana; la guerra y la paz... Todo, pero todo junto.   

Está bien, pero tú has venido a andar. Por eso, vuelves sobre tus pasos a la búsqueda de uno de los senderos. Antes de llegar a la vegetación feraz y casi salvaje de los alrededores, te despide de Echternach un jardín neoclásico, antesala de un delicioso pabellón rococó. Bajo sus arcos, un vagabundo más vagabundo de lo que tú nunca serás, ha plantado sus escasas pertenencias y dormita, sin molestar y sin que le molesten.

Cuando prosigues el camino, el de hoy y todos los que vengan, lo haces con menos peso sobre los hombros. De algún modo, tus ojos y lo que has visto te han enseñado que convivir y vivir pueden ir de la mano.

Y te dejas llevar por los caminos de Luxemburgo.



Acotación al margen: El martes de Pascua, desde hace siglos, se viene repitiendo en Echternach una procesión danzante donde el pueblo baila unido con pañuelos, durante horas. En Luxemburgo se han propuesto que sea reconocido como patrimonio mundial por la UNESCO y hasta el 17 de julio es posible sumarse a esa petición, en una campaña que alcanza a todo el país. Si quiere apoyarla, puede hacerlo desde www.sprangpressioun.lu

Dicho queda.
 
 

CLAVES PARA VISITAR LUXEMBURGO

smiley La forma más inteligente de informarse de todos los detalles y sugerencias antes de visitar Luxemburgo es acudir a la web de la Oficina de Turismo de Luxemburgo, completa y accesible en  www.visitluxembourg.com

 


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Agradecemos la colaboración prestada por la
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para la realización de esta serie de reportajes





 
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